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lunes, 3 de marzo de 2008

EL HOMBRE MÁS RICO DE BABILONIA


En la antigua Babilonia vivía un hombre muy rico que se llamaba Arkad. Su inmensa fortuna lo hacía admirado en todo el mundo. También era conocido por su prodigalidad. Daba generosamente a los pobres. Era espléndido con su familia. Gastaba mucho en sí mismo. Pero su fortuna se acrecentaba cada año más de lo que podía gastar.
Un día, unos amigos de la infancia lo fueron a ver y le dijeron:

-Tú, Arkad, eres más afortunado que nosotros. Te has convertido en el hombre más rico de Babilonia mientras que nosotros todavía luchamos por subsistir. Tú puedes llevar las más bellas ropas y regalarte con los más raros manjares, mientras que nosotros nos hemos de conformar con vestir a nuestras familias de manera apenas decente y alimentarlas tan bien como podemos.
»Sin embargo, en un tiempo fuimos iguales. Estudiamos con el mismo maestro. Jugamos a. los mismos jue­gos. No nos superabas en los juegos ni en los estudios. Y durante esos años no fuiste mejor ciudadano que nosotros.
»Y por lo que podemos juzgar, no has trabajado más duro ni más arduamente que nosotros. ¿Por qué entonces te elige a ti la suerte caprichosa para que goces de todas las cosas buenas de la vida y a nosotros, que tenemos los mismos méritos, nos ignora?
-Si no habéis conseguido con qué vivir de manera sencilla desde los años de nuestra juventud -los reprendió Arkad-, es que habéis olvidado aprender las reglas que permiten acceder a la riqueza, o también puede ser que no las hayáis observado.

»"La Fortuna Caprichosa" es una diosa malvada que no favorece siempre a las mismas personas. A1 contrario, lleva a la ruina a casi todos los hombres sobre los que ha hecho llover oro sin que hicieran esfuerzo alguno. Hace actuar de manera desordenada a los derrochadores irreflexivos que gastan todo lo que ganan, dejándoles tan sólo apetitos y deseos tan grandes que no puedan saciarlos. En cambio, otros de a los que favorece se vuelven avaros y atesoran sus bienes por miedo a gastar los que tienen, pues saben que no son capaces de reponerlos. Además, siempre temen ser asaltados por los ladrones y se condenan a vivir una vida vacía, solos y miserables. »Probablemente existen otros que pueden usar el oro que han ganado sin esfuerzo, hacerlo rendir y continuar siendo hombres felices y ciudadanos satisfechos. Sin embargo, son poco numerosos. Sólo los conozco de oídas. Pensad en los hombres que repentinamente-han heredado fortunas y decidme si esto que os digo no es cierto.

Sus amigos pensaron que estas palabras eran verídicas, pues sabían de hombres que habían heredado fortunas. Le pidieron que les explicara cómo se había convertido en un hombre tan próspero.
-En mi juventud --continuó-, miré a mi alrededor y vi todas las buenas cosas que me podían dar felicidad y satisfacción, y me di cuenta de que la riqueza aumentaba el poder de esos bienes.
»La riqueza es un poder, la riqueza hace posible muchas cosas.
»Permite amueblar una casa con los más bellos muebles.
»Permite navegar por mares lejanos.
»Permite degustar finos manjares de lejanos países.
»Permite comprar los adornos del orfebre y del joyero.
»Permite, incluso, construir grandiosos templos para los dioses.
»Permite todas esas cosas y aún muchas otras que procuran placer a los sentidos y satisfacción al alma.
»Cuando comprendí todo eso, me prometí que yo tendría mi parte de las cosas buenas de la vida. Que no sería uno de esos que se mantienen al margen, mirando con envidia cómo los otros gozan de su fortuna. No me conformaría con ropas menos caras que sólo serían respetables. No me contentaría con la vida de un pobre hombre. Al contrario, estaría invitado al banquete de las buenas cosas.

»Siendo, como ya sabéis, el hijo de un humilde comerciante, y miembro de una familia numerosa, no tenía ninguna esperanza de heredar, y no estaba especialmente dotado de fuerza o de sabiduría, como habéis dicho con tanta franqueza; así que decidí que si quería obtener lo que deseaba necesitaría dedicar tiempo y estudio.
»En cuanto al tiempo, todos los hombres lo tienen en abundancia. Vosotros habéis dejado pasar el tiempo necesario para enriquecerse.

»Y sin embargo admitís que no tenéis otros bienes que mostrar que vuestras buenas familias, de las que tenéis razón de estar orgullosos.
»En lo que concierne al estudio, ¿No nos enseñó nuestro sabio profesor que posee dos niveles? Las cosas que ya hemos aprendido y que ya sabemos; y la formación que nos muestra cómo descubrir las que no sabemos.

»Así decidí buscar qué había que hacer para acumular riquezas, y cuando lo encontré, me creí en la obligación de hacerlo y de hacerlo bien. Pues ¿acaso no es sabio el querer aprovechar la vida mientras nos ilumina el sol, ya que la desgracia pronto se abatirá sobre nosotros en el momento que partamos hacia la negrura del mundo de los espíritus?
»Encontré un puesto de escriba en la sala de archivos, en la que durante largas horas todos los días, trabajaba sobre las tablillas de barro, semana tras semana, mes tras mes; sin embargo, nada me quedaba de lo que ganaba. La comida, el vestido, lo que correspondía a los dioses y otras cosas de las que ya no me acuerdo, absorbían todos mis beneficios. Pero todavía estaba decidido.
»Y un día, Algamish el prestamista vino a la casa del señor de la ciudad y encargó una copia de la novena ley; me dijo: "La tengo que tener en mi poder dentro de dos días; si el trabajo está hecho a tiempo te daré dos monedas de cobre"
»Así que trabajé duro, pero la ley era larga y cuando Algamish volvió, no había terminado el trabajo. Estaba enfadado, si hubiera sido su esclavo me habría pegado. Pero como sabía que mi amo no lo habría permitido, yo no tuve miedo y le pregunté: «Algamish, sois un hombre rico. Decidme cómo puedo hacerme rico y trabajaré toda la noche escribiendo en las tablillas para que cuando el sol se levante la ley esté ya grabada.»
»Él me sonrió y respondió: "eres un joven astuto, pero acepto el trato".
»Pasé toda la noche escribiendo, aunque me dolía la espalda y el mal olor de la lámpara me daba dolor de cabeza, hasta que casi ya no podía ni ver. Pero cuando él regresó al amanecer, las tablillas estaban terminadas.

»"Ahora, dije, cumple tu promesa."
»"Tú has hecho tu parte del trato, hijo mío, me dijo él bondadosamente, y yo estoy dispuesto a cumplir la mía. te diré lo que deseas saber porque me vuelvo viejo y a las lenguas viejas les gusta hablar, y cuando un joven se dirige a un viejo para recibir un consejo, bebe de la fuente de la sabiduría que da la experiencia. Demasiadas veces, los jóvenes creen que los viejos sólo conocen la sabiduría de los tiempos pasados y de ese modo no sacan provecho de ella. Pero recuerda esto: el sol que brilla ahora es el mismo que brillaba cuando nació tu padre y el mismo que brillará cuando muera el último de tus nietos."

»"Las ideas de los jóvenes, continuó, son luces resplandecientes que brillan como meteoros que iluminan el cielo; pero la sabiduría del anciano es como las estrellas filas que lucen siempre de la misma manera, de modo que los marinos puedan confiar en ellas."
»"Retén bien estas palabras si quieres captar la verdad de lo que te voy a decir y no pensar que has trabajado en vano durante toda la noche."

»Entonces, bajo las pobladas cejas, sus ojos me miraron fijamente y dijo en voz baja pero firme: "Encontré el camino de la riqueza cuando decidí que una parte de :todo lo que ganaba me tenía que pertenecer. Lo mismo será verdad para ti."
»Después continuó mirándome y su mirada me atravesó; giro no añadió nada más. "¿Eso es todo?", pregunté.
»"¡Fue suficiente para convertir en prestamista de oro a un pastor!, respondió.
»"Pero puedo conservar todo lo que gano, ¿no?" dije. »"En absoluto, respondió. ¿No pagas al zapatero? ¿No pagas al sastre? ¿No pagas por la comida? ¿Puedes vivir en Babilonia sin gastar? ¿Qué te queda de todo lo que ganaste durante el año pasado? ¡Idiota! Pagas a todo el mundo menos a ti. Lelo, trabajas para los otros. Lo mismo daría que fueras un esclavo y trabajaras para tu dueño, que te daría lo que necesitas para comer y vestir."
»"Si guardaras la décima parte de lo que ganas en un año, ¿cuánto tendrías en diez años?"
»Mis conocimientos de cálculo me permitieron responder: "tanto como gano en un año".

»El replicó: "lo que dices es una verdad a medias. Cada moneda de oro que ahorras es una esclavo que tra­baja para ti. Cada una de las pequeñas monedas que te proporcionará ésta, engendrará otras que también trabajarán para ti. ¡Si te quieres hacer rico, tus ahorros te deben rendir y estos rendimientos rendirte a su vez! Todo esto te ayudará a conseguir la abundancia de que estás ávido"
»"Crees que te pago mal por la larga noche de trabajo, continuó, pero en verdad te pago mil veces; sólo hace falta que captes la verdad de lo que te he presentado"
»"Una parte de lo que tú ganas es tuyo y lo puedes conservar. No debe ser menos de una décima parte, sea cual sea la cantidad que tú ganes. Puede ser mucho más cuando te lo puedas permitir. Primero págate a ti. No compres al zapatero o al sastre más de lo que puedas pagar con lo que te quede, de modo que tengas suficiente para la alimentación, la caridad y la devoción a los dioses."
»"La riqueza, como el árbol, nace de una semilla. La primera moneda que ahorres será la semilla que hará crecer el árbol de tu riqueza. Cuanto antes plantes tu semilla, antes crecerá el árbol. Cuanto más fielmente riegues y abones tu árbol, antes te refrescarás, satisfecho, bajo su sombra."

»Habiendo dicho esto, cogió sus tablillas y se fue.
»Pensé mucho en lo que me había dicho y me pareció razonable. Así que decidí que lo intentaría. Cada vez que me pagaban, tomaba una moneda de cobre de cada diez y la guardaba. Y por extraño que parezca, no me faltaba más dinero que antes. Tras habituarme, casi ni me daba cuenta, pero a menudo estaba tentado de gastar mi tesoro, que empezaba a crecer, para comprar algunas de las buenas cosas que mostraban los mercaderes, cosas traídas por los camellos y los barcos del país de lo fenicios. Pero me retenía prudentemente.
»Doce meses después de la visita de Algamish, este volvió y me dijo: "Hijo mío, ¿te has pagado con la décima parte de lo que has ganado este año?"
»Yo respondí orgulloso: "Sí, maestro"
»"Bien, respondió contento, ¿qué has hecho con ella?"
»"Se la he dado a Azmur el fabricante de ladrillos. Me ha dicho que viajaría por mares lejanos y que compraría joyas raras a los fenicios en Tiro, para luego venderlas aquí a elevados precios, y que compartiríamos las ganancias"
»"Se aprende a golpes, gruñó, ¿cómo has podido confiar en un fabricante de ladrillos sobre una cuestión de joyas? ¿Irías a ver al panadero por un asunto de las estrellas? Seguro que no, si pensaras un poco irías a ver a un astrónomo. Has perdido tus ahorros, mi joven amigo; has cortado tu árbol de la riqueza de raíz. Pero planta otro. Y la próxima vez, si quieres un consejo sobre joyas, ve a ver a un joyero. Si quieres saber la verdad sobre los corderos, ve a ver al pastor. Los consejos son una cosa que se da gratuitamente, pero toma tan sólo los buenos. Quien pide consejo sobre sus ahorros a alguien que no es entendido en la materia habrá de pagar con sus economías el precio de la falsedad de los consejos." Tras decir esto, se fue.
»Y pasó como él había predicho, pues los fenicios resultaron ser unos canallas, y habían vendido a Azmur trozos de vidrio sin valor que parecían piedras preciosas. Pero, como me había indicado Algamish, volví a ahorrar una moneda de cobre de cada diez que ganaba ya que me había acostumbrado y no me era difícil.

»Doce meses más tarde, Algamish volvió a la sala de los escribas y se dirigió a mí. «¿Qué progresos has realizado desde la última vez que te vi?»
»"Me he pagado regularmente, repliqué, y he confiado mis ahorros a Ager, el fabricante de escudos, para que compre bronce, y cada cuatro meses me paga los intereses."
»"Muy bien. ¿Y qué haces con esos intereses?"
»"Me doy un gran festín con miel, buen vino y pastel de especias. También me he comprado una túnica escar­lata. Y algún día me compraré un asno joven para poderme pasear.°'
»Al oír eso, Algamish rió: "Te comes los beneficios de tus ahorros. Así, ¿cómo quieres que trabajen para ti? ¿Cómo pueden producir a su vez más beneficios que trabajen para ti? Procúrate primero un ejército de esclavos de oro, y después podrás gozar de los banquetes sin preocuparte."
»Tras esto, no lo volví a ver en dos años. Cuando regresó, su rostro estaba cubierto de arrugas y tenía los ojos hundidos, ya que se estaba haciendo viejo. Me dijo: "Arkad, ¿ya eres rico, tal como soñabas?"
»Y yo respondí: "No, todavía no poseo todo lo que deseo, sólo una parte, pero obtengo beneficios que se n multiplicando."
»"¿Y todavía pides consejo a los fabricantes de ladrillos?"
»"Respecto a la manera de fabricar ladrillos, dan buenos consejos", repliqué.
»"Arkad, continuó, has aprendido bien la lección. Primero aprendiste a vivir con menos de lo que ganabas, después, aprendiste a pedir consejo a hombres que fueran competentes gracias a la experiencia adquirida y que qui­sieran compartir ésta, y finalmente has aprendido a hacer que tu dinero trabaje para ti."

»"Has aprendido por ti solo la manera de conseguir dinero, de conservarlo y de usarlo. De modo que eres competente y estás preparado para asumir un puesto de responsabilidad. Yo me hago viejo, mis hijos sólo piensan en gastar y nunca en ganar. Mis negocios son muy grandes y tengo miedo de no poderme encargar de ellos. Si quieres ir a Nipur a encargarte de mis tierras de allí, te haré mi socio y compartiremos los beneficios."

»Así que fui a Nipur y me encargué de los negocios importantes, y como estaba lleno de ambición y había aprendido las tres reglas de gestión de la riqueza pude aumentar grandemente el valor de sus bienes. De modo que cuando el espíritu de Algamish se fue al mundo de las tinieblas, tuve derecho a una parte de sus propiedades, como él había convenido conforme a la ley.
Así habló Arkad, y cuando hubo acabado de contar su historia, uno de los amigos habló.
-Tuviste una gran suerte de que Algamish te hiciera su heredero -dijo.
-Solamente tuve la gran suerte de querer prosperar antes de encontrarlo. ¿Acaso no probé durante cuatro años mi determinación al guardar una décima parte de lo que ganaba? ¿Dirías que tiene suerte el pescador que pasa largos años estudiando el comportamiento de los peces y consigue atraparlos gracias a un cambio del viento, tirando sus redes justo en el momento preciso? La oportunidad es una diosa arrogante que no pierde el tiempo con los que no están preparados.
-Hiciste prueba de mucha voluntad cuando continuaste después de haber perdido los ahorros de tu primer año. ¡Fuiste extraordinario! -exclamó otro.
-¡Voluntad! -replicó Arkad-. ¡Qué absurdo! ¿Creéis que la voluntad da al hombre la fuerza para levantar un fardo que no puede transportar un camello o que no que no puede tirar un buey? La voluntad no es más que la determinación inflexible de llevar a cabo el se ha impuesto.
»Cuando yo me impongo un trabajo, por pequeño que sea, lo acabo. De otro modo, ¿cómo podría confiar en mí mismo para realizar trabajos importantes? Si me propongo que durante cien días, cada vez que pase por el puente que lleva a la ciudad cogeré una piedra y la tiraré al río, lo haré. Si el séptimo día pasó sin acordarme, no me digo que pasaré el día siguiente, tiraré dos piedras, y será igual. En vez de eso daré la vuelta y tiraré la piedra al río. El vigésimo día no me diré que todo esto es inútil ni me, preguntaré de qué sirve tirar piedras al río cada día, «podrías tirar un puñado de piedras y habrías acabado todo». No, no diré eso ni lo haré, cuando me impongo un trabajo lo hago, de modo que procuro no comenzar trabajos difíciles o imposibles porque me gusta tener tiempo libre.
Entonces, otro de los amigos elevó la voz.
-Si lo que dices es cierto --dijo-, y si, como tú has dicho, es razonable, entonces todos los hombre podrían hacerlo, y si todos lo hicieran, no habría suficiente riqueza para todo el mundo.
-La riqueza aumenta cada vez que los hombres gastan sus energías -respondió Arkad-. Si un hombre rico se construye un nuevo palacio, ¿se pierde el oro con el que paga? No, el fabricante de ladrillos tiene una parte, el trabajador otra, el artista la suya. Y todos los que trabajan, en la construcción del palacio reciben una parte. Y cuando el palacio está terminado, ¿acaso no tiene el valor de lo que ha costado? ¿Y el terreno sobre el que-está construido no adquiere por este hecho más valor? La riqueza crece de manera mágica. Ningún hombre puede predecir su límite. ¿Acaso no han levantado los fenicios grandes ciudades en áridas costas gracias a las riquezas traídas por sus barcos mercantes?
-¿Qué nos aconsejas para que nosotros también nos hagamos ricos? preguntó uno de los amigos-. Los años han ido pasando, ya no somos jóvenes y no tenemos dinero que ahorrar.
-Os recomiendo que pongáis en práctica los sabios principios de Algamish; y decíos: una parte de todo lo que gano me revierte y la he de conservar. Decíoslo cuando os levantéis, decíoslo al mediodía, decíoslo por la tarde, decíoslo cada hora de cada día. Repetidlo hasta que estas palabras resalten como letras de fuego en el cielo.
»Impregnaos de esta idea. Llenaos de este pensamiento. Tomad la porción que os parezca prudente de lo que ganáis, que no sea menos de la décima parte, y conservadla. Organizad vuestros gastos en consecuencia. Pero lo primero es guardar esa parte. Pronto conoceréis la agradable sensación de poseer un tesoro que sólo os pertenece a vosotros, que a medida que aumenta, os estimula. Un nuevo placer de vivir os animará. Si hacéis mayores esfuerzos, obtendréis más. Si vuestros beneficios crecen, aunque el porcentaje sea el mismo, vuestras ganancias serán mayores, ¿no?
»Cuando lleguéis a este punto, aprended a hacer trabajar vuestro oro para vosotros, hacedlo vuestro esclavo. Haced que sus hijos y los hijos de sus hijos trabajen para vosotros. »Aseguraos una renta para el futuro, mirad a los ancianos y no olvidéis que vosotros seréis uno de ellos. In­vertid vuestro patrimonio con la mayor prudencia para no perderlo. »Los intereses de los usureros son irresistibles cantos de sirena que atraen a los imprudentes hacia las rocas de la perdición y el remordimiento.

»Vigilad que vuestra familia no pase necesidad si los dioses os llaman a su reino. Para asegurarle esta protec­ción, siempre se pueden ir desembolsando pequeñas cantidades a intervalos regulares. El hombre prudente no confía en recibir una gran suma de dinero si no lo ha visto antes.
»Consultad a los hombres sabios. Buscad el consejo de quienes manejan dinero todos los días. Permitid que os ahorren errores como el que yo cometí-.al confiar mi dinero al juicio de Azmur, el fabricante de ladrillos. Es preferible un pequeño interés seguro a un gran riesgo.
»Aprovechad la vida mientras estáis en este mundo, no hagáis demasiadas economías. Si la décima parte de lo que ganáis es una cantidad razonable que podéis ahorrar, contentaos con esa porción. A parte de esto, vivid de manera conforme con vuestros ingresos y no os volváis roñosos ni tengáis miedo de gastar. La vida es bella y está llena de cosas buenas que podéis disfrutar.
Tras decir esto, sus amigos le dieron las gracias y se fueron. Algunos permanecían silenciosos porque no tenían imaginación y no podían comprender, otros sentían rencor porque pensaban que alguien tan rico había podido compartir su dinero con ellos, pero unos terceros tenían un nuevo brillo en los ojos. Habían comprendido que Al­gamish había vuelto a la sala de los escribas para mirar atentamente a un hombre que se estaba trazando un camino hacia la luz. Una vez hubiera encontrado la luz, ya tendría una posición. Sabían que nadie podía ocupar este lugar sin antes haber llegado a comprender todo esto por si mismo y sin estar dispuesto a aprovechar la ocasión cuando se presentara.
Estos últimos fueron los que, durante los años siguientes, visitaron asiduamente a Arkad, quien los recibía con alegría. Les aconsejó y les dio su sabiduría de modo gratuito como gustan de hacer siempre los hombres de larga experiencia. Les ayudó a invertir sus ahorros de modo que les dieran un interés seguro y no fueran malgastados en malas inversiones que no habrían dado ningún beneficio.

El día que tomaron conciencia de la verdad que había sido trasmitida de Algamish a Arkad y de Arkad a ellos, fue un hito en sus vidas.
Una parte de lo que ganáis revierte en vosotros, conservadla

EL HOMBRE QUE DESEABA ORO


Bansir, el fabricante de carros de la ciudad de Babilonia, se sentía muy desanimado. Sentado en el muro que rodeaba su propiedad, contemplaba tristemente su modesta casa y su taller, en el que había un carro sin acabar.

Su mujer salía a menudo a la puerta. Lanzaba una mirada furtiva en su dirección, recordándole que ya casi no les quedaba comida y que tendría que estar acabando el carro, es decir, clavando, tallando, puliendo y pintando, extendiendo el cuero sobre las ruedas; preparándolo de este modo para ser entregado y que fuera pagado por el rico cliente.
Sin embargo, su cuerpo grande y musculoso permanecía inmóvil, apoyado en la pared. Su mente lenta daba vueltas a un asunto al que no encontraba solución alguna. El cálido sol tropical, tan típico del valle del Éufrates, caía sobre él sin piedad. Gotas de sudor perlaban su frente y se deslizaban hasta su pecho velludo.

Su casa estaba dominada, en la parte trasera, por los muros que rodeaban las terrazas del palacio real. Muy cerca de allí, la torre pintada del Templo de Bel se recortaba contra el azul del cielo. A la sombra de una majestad tal se dibujaba su modesta casa, y muchas otras también, mucho menos limpias y cuidadas que la suya.

Así era Babilonia: una mezcla de suntuosidad y simplicidad, de cegadora riqueza y de terrible pobreza sin or­den alguno en el interior de las murallas de la ciudad.
Si se hubiera molestado en darse la vuelta, Bansir habría visto cómo los ruidosos carros de los ricos empuja­ban y hacían tambalearse tanto a los comerciantes que llevaban sandalias como a los mendigos descalzos. Incluso los ricos estaban obligados a meter los pies en los desagües para dejar paso a las largas filas de esclavos y de portadores de agua «a servicio del rey». Cada esclavo llevaba una pesada piel de cabra llena de agua que vertía en los jardines colgantes.
Bansir estaba demasiado absorto en su propio problema para oír o prestar atención al ajetreo confuso de la rica ciudad. Fue el sonido familiar de una lira lo que le sacó de su ensoñación. Se dio la vuelta y vio el rostro expresivo y sonriente de su mejor amigo, Kobi el músico.

-Que los dioses te bendigan con gran generosidad, mi buen amigo -dijo Kobi a modo de saludo-. Pero me parece que son tan generosos que ya no tienes ninguna necesidad de trabajar. Me alegro de que tengas esa suerte. Es más, me gustaría compartirla contigo. Te ruego que me hagas el favor de sacar dos shekeles de tu bolsa, que debe estar bien llena, puesto que no estás trabajando en tu taller, y me los prestes hasta después del festín de los nobles de esta noche. No los perderás, te serán devueltos.

-Si tuviera dos shekeles -respondió tristemente Bansir-, no podría prestárselos a nadie, ni a ti, mi mejor amigo, porque serían toda mi fortuna. Nadie presta toda su fortuna ni a su mejor amigo.
-¿Qué? -exclamó Kobi sorprendido- ¿No tienes ni un shekel en tu bolsa y permaneces sentado en el muro como una estatua? ¿Por qué no acabas ese carro? ¿Cómo sacias tu hambre? No te reconozco, amigo mío. ¿Dónde está tu energía desbordante? ¿Te aflige alguna cosa? ¿Te han causado los dioses algún problema?
-Debe de ser un suplicio que me han enviado los dioses -comentó Bansir-. Comenzó con un sueño, un sueño que no tenía sentido, en el que yo creía que era un hombre afortunado. De mi cintura colgaba una bolsa repleta de pesadas monedas. Tenía shekeles que tiraba despreocupadamente a los mendigos, monedas de oro con las que compraba útiles para mi mujer y todo lo que deseaba para mí; incluso tenía monedas de oro que me permitían mirar confiadamente el futuro y gastar con libertad. Me invadía un maravilloso sentimiento de satisfacción. Si me hubieras visto no habrías conocido en mí al esforzado trabajador, ni en mi esposa a la mujer arrugada, habrías encontrado en su lugar una mujer con el rostro pletórico de felicidad que sonreía como al comienzo de nuestro matrimonio.

-Un bello sueño en efecto -comentó Kobi-, pero ¿por qué sentimientos tan placenteros te habían de convertir en una estatua colocada sobre el muro?
-¿Por qué? Porque en el momento que me he despertado y he recordado hasta qué punto mi bolsa se encon­traba vacía, me ha invadido un sentimiento de rebeldía. -Hablemos de ello. Como dicen los marinos, los dos remamos en la misma barca. De jóvenes fuimos a visitar a los sacerdotes para aprender su sabiduría. Cuando nos hicimos hombres, compartimos los mismos placeres. En la edad adulta, siempre hemos sido buenos amigos. Estábamos satisfechos de nuestra suerte. Éramos felices de trabajar largas horas y de gastar libremente nuestro salario. Ganamos mucho dinero durante los años pasados, pero los goces de la riqueza sólo los hemos podido experimentar en sueños. ¿Somos acaso estúpidos borregos? Vivimos en la ciudad más rica del mundo. Los viajeros dicen que ninguna otra ciudad la iguala. Ante nosotros se extiende esta riqueza, pero no poseemos nada de ella. Tras haber pasado la mitad de tu vida trabajando arduamente, tú, mi mejor amigo, tienes la bolsa vacía y me preguntas: «¿Me puedes dejar una suma tan insignificante como dos shekeles hasta después del festín de los nobles de esta noche?» ¿Y qué es lo que yo te respondo? ¿Digo que aquí tienes mi bolsa, y que comparto contigo su contenido? No, admito que mi bolsa está tan vacía como la tuya. ¿Qué es lo que no funciona? ¿Por qué no podemos conseguir más plata y más oro, más de lo necesario para poder comer y vestirse?

»Consideremos a nuestros hijos. ¿No están siguiendo el mismo camino de sus padres? ¿También ellos con sus familias, y sus hijos con las suyas, tendrán que vivir entre los acaparadores de oro y se tendrán que contentar con beber la consabida leche de cabra y alimentarse de caldo claro?
-Durante todos estos años que hemos sido amigos, nunca habías hablado así, -replicó Kobi intrigado.
-Durante todos estos años, jamás había pensado así. Desde el alba hasta que me hacía parar la oscuridad he trabajado haciendo los más bellos carros que pueda fabricar un hombre, sin casi atreverme apenas a esperar que un día los dioses reconocerían mis buenas obras y me darían una gran prosperidad, lo que jamás han hecho. Al fin me doy cuenta de que nunca lo harán. Por eso estoy triste. Deseo ser rico. Quiero poseer tierras y ganado, lucir bellas ropas y llenar mi bolsa de dinero. Estoy dispuesto a trabajar para ello con todas mis fuerzas, con toda la habilidad de mis manos, con toda la destreza de mi cabeza, pero deseo que mis esfuerzos sean recompensados. ¿Qué nos ocurre? Te lo vuelvo a preguntar. ¿Por qué no tenemos una parte justa de todas las cosas buenas, tan abundantes, que pueden conseguir los que poseen el oro?
-¡Ay si conociera la respuesta! -respondió Kobi-. Yo no estoy más satisfecho que tú. Todo el dinero que gano .con mi lira se gasta rápidamente. A menudo he de planificar y calcular para que mi familia no pase hambre. Yo también tengo en mi fuero interno el deseo de tener una lira suficientemente grande para. hacer resonar la grandiosa música que me viene a la mente. Con un instrumento así podría producir una música tan suave que ni el mismo rey habría oído nunca nada parecido.
-Tú deberías tener una lira así. Nadie en la ciudad de Babilonia podría hacerla sonar mejor que tú, hacerla cantar tan melodiosamente que, no sólo el rey, sino los mismos dioses quedarían maravillados. Pero, ¿como podrías conseguirla si tú y yo somos tan pobres como los esclavos del rey? ¡Escucha la campana! ¡Ya vienen! -señaló una larga columna de hombres medio desnudos, los portadores de agua que venían del río, sudando y sufriendo por una estrecha calle. Caminaban en columna de a cinco encorvados bajo la pesada piel de cabra llena de agua.
-El hombre que los guía es hermoso -Kobi indicó al hombre que tocaba la campana y andaba al frente de todos,- sin carga-. En su país es fácil encontrar a hombres hermosos.
-Hay varios rostros bellos en la fila -dijo Bansir-, tanto como los nuestros. Hombres altos y rubios del norte, hombres negros y risueños del sur y pequeños y morenos de los países vecinos. Todos caminan juntos del río a los jardines y de los jardines al río, cada día de cada año. No pueden esperar ninguna felicidad. Duermen sobre lechos de paja y comen gachas. ¡Me dan pena esos pobres animales, Kobi!
-A mí también me dan pena. Pero me hacen recordar que nosotros no estamos mucho mejor que ellos, aunque nos llamemos libres. -
-Es cierto, Kobi, pero no me gusta pensar en eso. No queremos seguir viviendo como esclavos año tras año. Trabajar, trabajar, trabajar...¡Y no llegar a nada!
-¿No deberíamos intentar averiguar cómo los otros consiguieron su oro y hacer como ellos? preguntó Kobi.

-Tal vez haya un secreto que podemos aprender simplemente si encontramos a los que lo conocen, -respondió Bansir pensativo.
-Hoy mismo -añadió Kobi- me he cruzado con nuestro viejo amigo Arkad, que se paseaba en su carro dorado. Te diré que ni me ha mirado; una cosa que algunos de los de su clase creen tener derecho a hacer. En vez de eso ha hecho una señal con la mano para que los espectadores pudieran verle saludar y conceder el favor de una sonrisa amable a Kobi el músico.
-Sí, dicen que es el hombre más rico de toda Babilonia -dijo Bansir.

-Tan rico, dicen, que el rey recurre a su oro para asuntos del tesoro -contestó Kobi.
-Tan rico -comentó Bansir- que si me lo encontrara de noche estaría tentado de vaciarle la bolsa.
-¡Eso es absurdo! -replicó Kobi-. La fortuna de un hombre no está en la bolsa que lleva consigo. Una bolsa bien repleta se vacía con rapidez si no hay una fuente de oro para alimentarla. Arkad tiene unos ingresos que mantienen su bolsa llena, gaste como gaste su dinero.
-¡Los ingresos, eso es lo importante! -dijo Bansir-. Deseo una renta que continúe alimentando mi bolsa, tanto si me quedo sentado en el muro de mi casa como si viajo a lejanos países. Arkad debe de saber cómo un hombre puede asegurarse una renta. ¿Crees que será capaz de explicárselo a alguien con una mente tan torpe cómo la mía?
-Creo que enseñó su saber a su hijo Nomasir -respondió Kobi-. Este fue a Nínive y, según dicen en la posada, se convirtió, sin la ayuda de su padre, en uno de los hombres más ricos de la ciudad.
-Kobi, lo que acabas de decir ha hecho nacer en mí una luminosa idea -un nuevo brillo apareció en los ojo de Bansir-. Nada cuesta pedir un sabio consejo a un buen amigo, y Arkad siempre ha sido un amigo. No importa que nuestras bolsas estén tan vacías como el nido de halcón del año anterior. No nos detengamos por eso. No nos inquietemos por no poseer oro en medio de la abundancia. Deseamos ser ricos. ¡Ven! Vayamos a ver a Arkad y preguntémosle cómo podríamos conseguir ganancias por nosotros mismos.

-Hablas poseído por una auténtica inspiración, Bansir. Traes a mi mente una nueva visión de las cosas. Me haces tomar conciencia de la razón por la que nunca hemos tenido nuestra parte de riqueza. Nunca la hemos buscado activamente. Tú has trabajado con paciencia para construir los carros más sólidos de Babilonia. Has concentrado en ello todos tus esfuerzos y lo has conseguido. Yo me he esforzado en convertirme en un hábil músico, y lo he logrado.
»En lo que nos hemos propuesto triunfar, hemos triunfado. Los dioses estaban contentos de dejarnos con­tinuar así. Ahora, por fin vemos una luz tan brillante como el amanecer. Nos ordena que aprendamos más para hacernos más prósperos. Encontraremos, con un nuevo entendimiento, maneras honorables de cumplir nuestros deseos.

-Vayamos hoy a ver a Arkad dijo Bansir-. Pidamos a los amigos de nuestra infancia que tampoco han triunfado que se unan a nosotros y que compartan con nosotros esa sabiduría.
-Eres en verdad un amigo considerado, Bansir. Por eso tienes tantas amistades. Haremos como dices. Vaya­mos hoy a buscarlos y llevémoslos con nosotros.